sábado, 26 de enero de 2013

Dido y Eneas


  

Durante el siglo XV y XVI, en Italia se buscó una recuperación de la cultura clásica. Las grandes familias italianas se consideraban herederas directas de los emperadores, y como tales se hacían retratar. La arquitectura tomó como modelos los templos, y la pintura y la escultura empezaron a retomar los cánones de belleza que fueron abandonados al mismo tiempo que las grandes urbes, cuando el mundo occidental se sumió en la oscuridad -no sin algunos focos de luz- durante la Alta Edad Media. En música, sin embargo, se daba una situación particular: en el Renacimiento no se conocían aun las escasísimas fuentes de música (únicamente griega) que han sobrevivido. El Renacimiento en este arte no lo sería como tal. Partir desde cero, teniendo como única referencia los textos teóricos y crónicas de la época era una ardua tarea a la que solo se encontró una solución a finales del siglo XVI, cuando una élite intelectual se reunió en Florencia, en lo que se llamó Camerata Bardi (en honor a su mecenas) o Camerata Fiorentina. Allí se propuso el reto de reconstruir lo que se creía que era la tragedia griega, en la que gran parte del texto era cantado y la acción dramática se intercalaba con coros de contenido filosófico y moral: había nacido la ópera. 

La ópera es sabido que es la maravillosa síntesis de todas las artes: música, literatura, escenografía y en muchas también la danza. “Dido y Eneas” pese a sus modestas proporciones consigue aunar todas ellas de forma elegante y delicada, con un argumento sencillo si obviamos el trasfondo filosófico que se ve reflejado de manera magistral en los coros a semejanza del teatro griego: La historia de amor entre el príncipe troyano Eneas y la legendaria reina de Cartago, Dido. Debido a la envidia de unas hechiceras, la historia de amor se frustra y Dido se suicida. 


La historia está basada en el canto IV de la Eneida y el libreto es del escritor y poeta inglés Nahum Tate (1652-1715)que la adaptó a la mentalidad de la época, ya que en la versión de Virgilio era Júpiter el que enviaba a Mercurio para decirle a Eneas que debía abandonar Cartago, pero para la Inglaterra de la época los personajes de las hechiceras y las brujas eran posiblemente más cercanos y atractivos. Esta ópera en tres actos, una de las más importantes del Barroco, y posiblemente la más conocida de las óperas inglesas, fue compuesta por Henry Purcell, la figura más relevante del estilo barroco inglés. 


El elegir esta ópera para su comentario ha sido porque su música me parece intimista y concisa, pero cargada de una expresividad muy particular, típicamente inglesa, en la que se mezcla lo popular y los sentimientos más profundos y oscuros con una gran coherencia; y porque Eneas y especialmente Dido me parecen unos personajes tan ricos que necesitarían mucho tiempo de análisis. Sin embargo, trataré de explicar brevemente qué pienso que lleva a esta noble mujer(aunque en otras versiones ha sido bastante denostada) a elegir la muerte no como un acto heroico sino como algo por lo que no quiere ser recordada. Para ello me remontaré a sus orígenes e iremos viendo cómo la maldición de la envidia la persigue hasta el final de sus días. Quizá así entendamos hoy que no fue el suicidio de una débil y pasional enamorada, adjetivos que no concuerdan con la intrépida mujer que fue capaz de formar un ejército y fundar Cartago. 

Dido era hija del rey de Tiro, se casa muy joven con el gran sacerdote de Hércules, Sicarbas, el hombre más rico de todos los fenicios. Pigmalión, hermano de Dido, siente envidia de la riqueza y felicidad de su hermana y urde un plan para matar a Sicarbas y echarle la culpa a Dido. Una noche en sueños se le aparece el espíritu de Sicarbas que le muestra cómo fue asesinado y le aconseja que huya de Tiro porque su vida corre peligro. De madrugada esta mujer consigue reunir quince naves y que la sigan todos los que odian al envidioso y avaro Pigmalión, y con parte de la fortuna de Sicarbas desembarca en Chipre, donde rapta a cincuenta doncellas y las ofrece como compañeras a los que habían querido acompañarla en este incierto viaje y pone rumbo hacia tierras africanas, desembarcando junto a Utica. Allí pide a sus habitantes que le concedan un terreno “que pudiese ser medido con la piel de un toro” y una vez comprado a un precio bastante alto, se entretiene en cortar la piel en finas tiras y de esta manera trazar una gran circunferencia que fue la cuna de Cartago, rival de Roma. Esto ocurrió en el 880 a.C.[1]. 


  

Tras una serie de peripecias que hablarían de su intrépido y sólido carácter, así como de su fidelidad a los afectos, aparece en su vida Eneas, del que se enamora locamente[2]. Dido para entonces es una mujer tan poderosa como podría serlo en aquel tiempo la reina de Cartago; es bella, inteligente y bondadosa. Solo le falta el amor que llega a través de un héroe tan completo como Eneas. Visto desde la perspectiva de la naturaleza humana –otra no tenemos–, es lógico que despierte un poco de envidia, pero esa envidia, capaz de desear y provocar la desgracia hasta la desaparición del otro, pensando que así podremos ser un poco menos infelices, solo se da, afortunadamente, en unos pocos seres no recomendables que, normalmente suelen disfrazarse de personas alegres, sociables y amigables. Este es el caso de estas harpías, que en el barroco inglés toman la forma de hechiceras y que confabulan para provocar la desgracia de una Dido, desde siempre, castigada por el pecado de la envidia. Estas brujas no soportan su buena fortuna y así nos llega con estos versos y la espléndida música de Purcell: 

“La reina de Cartago, a la que 
odiamos, como hacemos con todos 
aquellos estados prósperos 
antes de la puesta del sol 
se verá si es que puede existir mayor infortunio, 
¡privada de fama, 
de vida y de amor! (…)” 

En esta ópera es también novedoso un Eneas que no huye, como en otras versiones, de noche, furtivo, como lo hiciera en La Eneida. Es un hombre maduro y enamorado que siente una gran pesadumbre por tener que marcharse: 

“(…) ¿Cómo puede ser tan duro un destino? Una noche de gozo, la siguiente de renuncia(…)” 




Es tan grande su dolor que decide quedarse con Dido desobedeciendo a los mismísimos dioses, pero ella no es capaz de perdonarle que se hubiese planteado tan solo abandonarla y no le permite seguir a su lado. Ese orgullo, esa intolerancia a la debilidad humana, esa exigencia hacia ella misma y hacia los demás es, en mi opinión, lo que la arrastra realmente al suicidio.

Posiblemente el ser humano que nos atrapa sea aquel que gana batallas por su inteligencia, pero que acepta la derrota con elegancia, es decir, con inteligencia de espíritu, por llamar de algún modo a ese "rara avis" de hombre común, que sin ser hijo de dioses, termina convirtiéndose en héroe. Es esa clase de persona que tan bien han captado grandes retratistas como Velázquez, Cervantes, Shakespeare o Virgilio.





To Death I'll fly                                      
if longer you delay;
away, away!...
(Exit Aeneas)

But Death, alas!
I cannot shun;
Death must come when he is gone.

CHORUS
Great minds
against themselves conspire,
and shun the cure
they most desire.

DIDO

Thy hand, Belinda,
darkness shades me.
On thy bosom let me rest,
more I would,
but Death invades me;
Death is now a welcome guest.
When I am laid in earth,
May my wrongs create
no trouble in thy breast;
remember me, but
ah! forget my fate.

(Cupids appear in the clouds

o're her tomb)

CHORUS

With drooping wings
you Cupids come,
and scatter roses on her tomb,
soft and Gentle as her heart.
Keep here your watch,
and never part.



DIDO

Yo volaré antes hacia la muerte,
cuanto más largo sea tu
aplazamiento. ¡Fuera, fuera!...

(Sale Eneas)
Pero, ¡oh, muerte! no puedo
rehuirle; la muerte debe llegar
cuando él se haya ido.



CORO

Las grandes mentes
conspiran contra sí mismas
y evitan la cura
que más desean.

DIDO

Tu mano, Belinda;
me envuelven las sombras.
Déjame descansar en tu pecho.
Cuánto más no quisiera,
pero me invade la muerte;
la muerte es ahora una visita
bien recibida.
Cuando yazga en tierra, mis
equivocaciones no deberán crearle
problemas a tu pecho; recuérdame,
pero, ¡ay!, olvida mi destino.

(Cupido aparece en las nubes,
sobre su tumba)

CORO 

Tú, Cupido,
vienes alicaído
y esparces rosas sobre su tumba,
dulces y tiernas como su corazón.
Mantén aquí tu vigilancia y no
partas nunca. 


Este es el final de la ópera. Es el momento más intenso y espiritual. Tras el recitativo de Dido, el coro envuelve la escena creando una atmósfera que trasciende la naturaleza humana de los personajes y sus pasiones con la frase “Las grandes mentes contra sí mismas conspiran, y eluden la cura que tanto anhelan”. Esto está reforzado por la luminosidad que la tonalidad mayor, que en medio de la oscuridad, le confiere, y que poco a poco vuelve al carácter grave en la segunda mitad de la frase. Dido se suicida. Después de un recitativo, empieza el aria más conocida de la ópera, conocida como “El Lamento de Dido”. No en vano, el bajo sobre el que está construida se denomina bajo de lamento, y se repite constantemente en forma de obstinato. Tanto el bajo del lamento como las piezas basadas en bajos obstinatos son recursos retóricos muy frecuentes en todo el Barroco. Suelen aparecer, como es el caso, en las partes culminantes de las óperas, creando un efecto a veces hipnótico, a veces de inexorabilidad. Uno de mis ejemplos favoritos, aunque es solo instrumental, es la Chacona de la partita en re menor para violín solo de Bach, compuesta tras la muerte de su mujer.

[1] Las fábulas nos cuentan esto. La historia nos dice que cuando Dido llega Cartago ya había sido fundada. Ella levanta una ciudadela llamada Birsa, que en griego significa piel, cuero.

[2]Lo que Virgilio cuenta de los amores de Eneas y Dido es pura invención del poeta, pues Eneas vivió trescientos años antes de la fundación de Cartago.



PURCELL, Dido and Aeneas, Libreto traducido al español por Eduardo Almagro López, 1998.

VIRGILIO, la Eneida, Editorial Cátedra, Madrid, 1989.

J.HUMBERT, Mitología griega y romana, Editorial Gustavo Gili, S.A. versión de la 24ª edición francesa.

2 comentarios:

  1. Siempre es increíble lo que disfruto y aprendo al leerte.
    Alguna vez supe de esta historia, ya para mí olvidada .
    Tanto tu texto como la música, me han emocionado.
    Que hayas incluído la traducción... Una gozada.

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  2. De bien nacidos es ser agradecido, pues yo te doy las gracias por este regalo maravilloso; porque leo tu comentario y empiezo el día con los duendes de la creatividad recogiendo emociones e imágenes, que aún no existen, pero sé que están revoloteando por algún lugar de mi mente pues me siento un poco Dido, Sicarbas y hasta Pigmalión, todos unidos en el espejo de la guardiana del pozo.

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